Cuando esa sensación de tocar techo se te presenta como la imagen de la muerte (con guadaña incluída) ya sólo te queda asentir, levantar los hombros y echar un úñtimo vistazo.
Y no mirar atrás y, tal vez, mudarte a otra casa con los techos más altos... soberana gilipollez no apta para gente que no sueña con imposibles.